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La intolerancia al gluten o celiaquía es una enfermedad autoinmune que consiste en una intolerancia permanente y crónica a la proteína del gluten, que inflama el intestino delgado impidiendo la correcta absorción de los nutrientes. Se trata de una condición que afecta al 1% de la población y que, detectada y tratada a tiempo, no tiene efectos adversos en la calidad de vida y la salud de los pacientes. 

Sin embargo, cuando tarda en ser diagnosticada o no es tratada mediante una dieta sin gluten, los efectos adversos pueden ser serios. Los síntomas más comunes son: diarrea, pérdida de peso, anemia, hinchazón, gases, dolor abdominal, dolor de cabeza, fatiga, estreñimiento, náuseas y vómitos. 

Si la celiaquía no se detecta a tiempo puede presentar complicaciones como colon irritable, osteoporosis, sobrecrecimiento bacteriano, artritis y cáncer en el sistema digestivo. Mientras que en los niños pequeños, la incapacidad de absorber los nutrientes puede causar retraso en el desarrollo, daño en el esmalte dental, irritabilidad, baja estatura y síntomas neurológicos como el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH) o problemas de aprendizaje.  

Está ampliamente demostrado que la celiaquía es totalmente incompatible con el consumo de gluten y que su tratamiento es la dieta libre de gluten, estricta y durante toda la vida. Para eso es importante que los pacientes ingieran alimentos preparados con ingredientes que sustituyan al trigo, el centeno, la cebada y la avena. Además, deben tomar precauciones en la manipulación de cubiertos, vajillas u otros alimentos para evitar la ingesta de gluten por contaminación. 

Por último y no menos importante, es necesario que los pacientes celíacos acudan a un nutricionista que pueda brindarles instrucciones precisas de cómo evitar la ingesta de gluten, tanto en el hogar como fuera de él, así como recomendaciones para manejar elementos en la cocina que puedan causar contaminación.